El espacio y el objeto

Pájaros
en Blog
16. 12. 08
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La forma en la que se crea una escultura no viene dada por el objeto en sí, sino no por su ocupación en el espacio. En este sentido, una escultura es algo tridimensional que se puede rodear y ver desde distintos ángulos, variando así su apariencia. Es por ello que las formas que en un principio observamos pueden difuminarse y constituir una visión novedosa sin que el objeto haya variado. Pero, ¿qué ocurre con el espacio que le rodea? Sin duda, a lo largo de los siglos el lugar que ocupaba una figura estaba determinado por su intencionalidad y la capacidad expresiva del mismo. En el pasado una gran parte de las esculturas habían sido creadas para  adecuarse al marco arquitectónico, siendo en ocasiones parte del ensamblaje teatral que proyectaba una ideología propia en el espectador. Pero a partir del siglo XX, las vanguardias y las nuevas tendencias artísticas revelaron la importancia del vacío en la obra como parte integrarte de la misma. La concepción de la escultura cambia de manera radical y pasa de servir como apoyo a la arquitectura a comenzar a tener valor por sí misma, alejada de cualquier marco y considerando el vacío como elemento perteneciente a ella. Obras tan reconocidas como El profeta de Pablo Gargallo establecieron por primera vez la importancia del hueco y el espacio como concepto dentro de la misma figura.  Se abre la puerta al nihilismo y la nada que serán los referentes desde el cubismo hasta autores como Eduardo Chillida, donde el espacio entre los huecos escultóricos dibuja una nueva forma proyectada.

Es así como la obra Pájaros cobra significado, pues la importancia de su creación no deriva del propio objeto en sí, sino del lugar que ocupa y de cómo lo trasforma. Así la percepción de la obra no se centra solo en la figura, sino en el espacio interior que se crea. El resultado es que la escultura se difumina con las paredes blancas del espacio expositivo, pasando desapercibidas y creando un minimalismo patente en la sencillez de sus formas. Sin embargo, la pieza se transforma con el movimiento del espectador, el cual se convierte en creador de formas y colores imperceptibles en un primer momento. De esta manera la visión clara y trasparente de la primera impresión varía con la interacción del espectador frente a la obra, creando formas nuevas y provocando la imaginación de aquel que la observa.